I.H.M./S.L.B. Durante la Iª Guerra Mundial, Leningrado consiguió salvar las obras del Hermitage de los alemanes refugiádolas en los Urales. El museo más grande del mundo quedó, por tanto, vacío. Pero, ¿quién dice que la única forma de vivir el arte sea a través de los ojos?
Pavel Filipovich (Federico Luppi), guía del Hermitage, continua viendo miles de historias tras las paredes del museo, ante el asombro de Igor (Manu Callau), guardián de la galería, que hace ver a Sonia (Ana Labordeta), la mujer de Pavel, que está volviéndose loco. Pero, como suele suceder, no siempre las cosas son lo que parecen, y la cordura y la locura son extremos que llegan a tocarse.
Lo mejor (según I.H.M.):
- La idea de que el teatro, al igual que el arte (ambas expresiones visuales), puede permanecer en el espectador una vez finalizado el espectáculo, en su memoria, formando parte de él, y que, mediante sus recuerdos y la transmisión oral, pase a formar parte de un colectivo mucho más grande, enriqueciendo la cultura.
- Esto se consigue gracias a interpretaciones como la de Federico Luppi, imborrables, lo mismo que una obra de arte grandiosa. Eso sí, esta representación no sería lo mismo sin la contraposición escéptica que supone el papel de Manu Callau, muy correcto en su interpretación.
-Escuchar el Kalin Kakalin en boca de dos argentinos.
Lo peor (según S.L.B.):
- Una triada de actores un tanto descompensada: Federico Luppi, siempre grande dejando presencia, parece que estuviera en una de sus películas alejándose mucho de una entonación teatral.
- La idea que quiere transmitir la obra no es nada nueva: imaginación versus realidad.
- El tratamiento es un tanto repetitivo y sin grandes avances. Desde el principio hemos pillado todos la moraleja de la obra.
- ¿Cuántos ataques le dan a Pavel Filipovich?
- El contexto ficcional es la Rusia de Stalin, pero podría haber sido cualquier parte, porque no está hilado con la acción.