
I.H.M. Basada en la exitosa novela homónima de Khaled Hosseini, la película relata la vida del afgano Amir y su continua lucha por ser capaz de defenderse a sí mismo y a los suyos. Ya desde pequeño, cuando su única preocupación debía ser ganar la competición de cometas junto con su amigo Hassan, un hazara de clase inferior que también es su sirviente, crecía en él una envidia hacia su compañero de juegos, siempre fiel y obediente, debido a la admiración que siente el padre de Amir por la valentía de Hassan. Pero la situación política de Afganistán cambia rápidamente, y Amir tiene que irse a América junto con su padre, mientras que Hassan se queda en Kabul; sin embargo, a pesar de la distancia y los diferentes caminos que llevan ambos, hay algo en esa amistad que ninguno de los dos puede olvidar.
La película tiene diferentes saltos temporales y espaciales, pero, en resumen, se podría dividir en tres partes, relacionadas con la evolución hacia la madurez del protagonista. Porque, lo que realmente cuenta el film, es la historia de redención de Amir; desde que recibe la llamada al principio de la película pidiéndole que regrese a Kabul, ya siendo adulto y viviendo en América, sabes que existe un motivo muy fuerte para que él lo haga. El resto de la película, todo el trasfondo político que hay detrás, no es más que eso, simple contexto. Que ocurra en una situación así en concreto y no en otra hace que sea más duro aún, pero no más creíble (al contrario).
Si bien es cierto que este tipo de historias son enternecedoras y, en este caso en concreto, no están nada mal, es más de lo mismo. Marc Forster, como hacía en “Descubriendo nunca jamás”, relata otro mágico e idílico cuento, pero, esta vez, con un contexto real, mucho más duro de lo que la última parte de la película entrevee, y su visión americanizada de la realidad deja, a mi gusto, un amargo sabor de boca. A pesar de lo bonitas que son las cometas en el cielo, y del poder de redención de las personas. No siempre gana Peter Pan, mal que nos pese.